Durante un breve período entre 2021 y 2022, el mundo del arte pareció estar a punto de transformarse para siempre. Los NFTs —tokens no fungibles, certificados digitales de propiedad registrados en blockchain— prometían algo que sonaba revolucionario: permitir a los artistas vender su obra directamente, sin galerías, sin intermediarios, recibiendo además regalías cada vez que la pieza cambiara de manos. Era la democratización definitiva del mercado del arte, o eso nos dijeron. Spoiler: fue una estafa.
Beeple vendió un collage digital por 69 millones de dólares en Christie’s. Adolescentes sin formación artística facturaban fortunas con dibujos de simios aburridos. Músicos, ilustradores y creadores de todo pelaje se lanzaron a «mintear» sus obras, convencidos de que por fin había llegado su momento. El futuro era descentralizado, era cripto, era inevitable.
Hoy, apenas tres años después, más del 95% de los NFTs no tienen valor de mercado alguno. Las plataformas que prometían ser el nuevo paradigma agonizan o han cerrado. Los simios aburridos que se vendían por millones ahora no encuentran comprador ni a precio de saldo. El silencio es ensordecedor. La mayor burbuja especulativa de la historia del arte digital explotó, y casi nadie quiere hablar de ello.
¿Qué ocurrió? Para entenderlo, conviene distinguir entre la tecnología, la promesa y la realidad. La tecnología —blockchain, contratos inteligentes, tokens únicos— existe y funciona. Puede tener aplicaciones legítimas en la verificación de autenticidad o la gestión de derechos. Lo que falló estrepitosamente fue la promesa de que esta tecnología iba a revolucionar el mundo del arte en beneficio de los artistas.
La realidad fue bastante distinta. La inmensa mayoría de quienes ganaron dinero con NFTs no eran artistas, sino especuladores: inversores cripto que compraban piezas no por su valor estético sino por su potencial de revalorización, que creaban colecciones artificialmente escasas para generar FOMO, que coordinaban «pumps» en Discord para inflar precios antes de vender. El arte era irrelevante; lo que importaba era el token.
Para los artistas de verdad —ilustradores, fotógrafos, músicos que llevaban años luchando por vivir de su trabajo—, la experiencia fue mayoritariamente decepcionante o directamente desastrosa. Muchos invirtieron tiempo y dinero en crear colecciones que nadie compró. Otros vendieron alguna pieza durante el frenesí solo para ver cómo el mercado se evaporaba semanas después. Los que tuvieron éxito genuino fueron una minoría estadísticamente insignificante, amplificada por medios que necesitaban historias de éxito para alimentar la narrativa.
Pero el daño va más allá de las pérdidas económicas. El boom de los NFTs reprodujo exactamente las dinámicas del mercado del arte tradicional que supuestamente venía a destruir. Concentración de beneficios en muy pocos actores. Opacidad en las transacciones. Manipulación de precios. Especulación pura. La única diferencia es que todo ocurrió más rápido, con peor gusto estético y dejando un rastro de devastación medioambiental por el consumo energético de las blockchains.
Y luego está el problema de la propiedad. Comprar un NFT nunca significó poseer la obra en ningún sentido significativo. Significaba poseer un certificado que apuntaba a un archivo que podía estar alojado en un servidor que podía desaparecer mañana. Muchos compradores descubrieron demasiado tarde que habían pagado fortunas por un enlace roto. La obra seguía siendo visible para cualquiera; lo único exclusivo era el recibo.
El episodio de los NFTs debería enseñarnos algo sobre la velocidad con que el capital puede apropiarse de cualquier promesa emancipadora. La descentralización, la eliminación de intermediarios, el empoderamiento de los creadores: todas estas ideas fueron capturadas, vaciadas de contenido y convertidas en eslóganes para vender especulación financiera. No era una revolución; era un casino con mejor branding.
Hoy, los evangelistas de los NFTs han pasado a otras cosas —inteligencia artificial, probablemente— y los artistas que creyeron en la promesa han vuelto a donde estaban: luchando por conseguir encargos, negociando con galerías, vendiendo prints en Etsy. El futuro descentralizado duró dieciocho meses y benefició a los de siempre.
La próxima vez que alguien nos prometa que una tecnología va a democratizar algo, quizás convenga preguntarse: ¿democratizar para quién? ¿Y a costa de quién? Porque si la historia de los NFTs demuestra algo, es que la tecnología no cambia las estructuras de poder; las estructuras de poder capturan la tecnología.

