Cursos online y la universidad de la nada

Cursos online y la universidad de la nada

En algún momento de la última década, aprender se convirtió en sinónimo de pagar por aprender. La transformación fue tan gradual que apenas la notamos, pero sus consecuencias están por todas partes: una proliferación infinita de cursos online, masterclasses, bootcamps, certificaciones y programas formativos que prometen enseñarte cualquier cosa en tiempo récord y por un módico precio que rara vez es módico.

El fenómeno tiene un nombre entre los escépticos: la universidad de la nada. Una estafa, perdón, ecosistema educativo paralelo donde los títulos no valen nada, los profesores no tienen por qué saber enseñar y el único requisito de admisión es tener una tarjeta de crédito.

Empecemos por las masterclasses de famosos. El formato es seductor: un director de cine oscarizado te enseña a hacer películas, un chef con estrellas Michelin te enseña a cocinar, un escritor célebre te revela los secretos de la narrativa. El problema es que saber hacer algo y saber enseñarlo son habilidades completamente distintas. Lo que obtienes, en la mayoría de los casos, son anécdotas entretenidas, consejos vagos del tipo «encuentra tu voz» y la agradable sensación de estar en presencia virtual de alguien importante. Es entretenimiento disfrazado de educación, y como entretenimiento funciona; como formación, es prácticamente inútil.

Luego están los bootcamps de programación, quizás el ejemplo más flagrante de promesas imposibles. «Conviértete en desarrollador web en doce semanas.» «De cero a empleado en tres meses.» La realidad es que aprender a programar bien lleva años, no semanas, y ningún curso intensivo puede comprimir ese proceso. Lo que estos bootcamps producen en masa son programadores junior con conocimientos superficiales que saturan un mercado laboral que ya no absorbe tanta oferta. Muchos graduados descubren que el trabajo prometido no existe, o que compiten con miles de personas con credenciales idénticas e igualmente frágiles.

El ecosistema se completa con los coaches. Coaches de vida, coaches de negocios, coaches de productividad, coaches de coaches. Una industria de certificaciones que se certifica a sí misma, donde cada nivel de la pirámide vende cursos al nivel inferior. El coach exitoso no es necesariamente quien mejor ayuda a sus clientes, sino quien mejor vende la idea de que tú también puedes ser coach. Es un esquema que huele a multinivel pero se viste de desarrollo personal.

¿Por qué funciona todo esto? Porque explota una ansiedad real. El mercado laboral contemporáneo es precario, cambiante, despiadado. La sensación de que las habilidades de hoy serán obsoletas mañana genera una compulsión por formarse constantemente. Y donde hay compulsión, hay negocio. La industria de la formación online no vende conocimiento; vende la ilusión de seguridad.

Hay algo profundamente perverso en este modelo: transfiere al individuo la responsabilidad de su propia empleabilidad. Si no encuentras trabajo, no es porque el sistema esté roto; es porque no has invertido lo suficiente en formarte. Necesitas otro curso, otra certificación, otro badge de LinkedIn. La precariedad se convierte en oportunidad de venta, y el trabajador agotado sigue pagando por credenciales que valen menos cada día.

Mientras tanto, el conocimiento real —el que transforma, el que cuesta adquirir, el que requiere tiempo y esfuerzo sostenido— sigue estando donde siempre estuvo: en los libros, en la práctica deliberada, en el contacto con personas que saben más que tú y tienen la generosidad de enseñarte. Casi nada de eso cuesta miles de euros. Casi nada de eso tiene un embudo de ventas optimizado.

La ironía es que vivimos en la época de mayor acceso gratuito al conocimiento de la historia humana. Bibliotecas digitales, tutoriales en YouTube, documentación técnica, comunidades de práctica, foros donde expertos responden preguntas por el placer de hacerlo. Nunca fue tan fácil aprender; nunca nos vendieron tan insistentemente que aprender requiere pagar.

El antídoto es simple pero exige disciplina: distinguir entre formación y certificación, entre aprender y comprar la sensación de estar aprendiendo. Preguntarse, antes de cada curso, si lo que ofrece no estará ya disponible gratis en algún rincón de internet. Sospechar de quien promete resultados extraordinarios en tiempos extraordinariamente cortos.

Porque la verdad incómoda es que aprender de verdad lleva tiempo, no tiene atajos y rara vez viene con certificado. Y quien te diga lo contrario probablemente esté vendiendo el siguiente curso.