El diálogo imposible

Warhol, Pollock y otros espacios americanos

A primera vista, emparejar a Jackson Pollock y Andy Warhol parece un ejercicio de provocación curatorial. El primero, arquetipo del expresionista abstracto atormentado, derramando pintura sobre lienzos tendidos en el suelo de su estudio de Long Island mientras luchaba contra el alcoholismo. El segundo, el pope del pop art, rodeado de superstars en su Factory de Manhattan, convirtiendo latas de sopa y retratos de Marilyn en iconos de la cultura de masas. ¿Qué pueden tener en común el gesto existencial y la serigrafía industrial, el dripping y la reproducción mecánica?

Warhol, Pollock y otros espacios americanos, la exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza presenta hasta el 25 de enero de 2026, responde a esa pregunta con una tesis audaz: más de lo que parece. La muestra, lejos de limitarse a yuxtaponer obras de ambos artistas, propone una relectura del arte estadounidense de posguerra a partir de tres conceptos compartidos: el espacio, la repetición y el camuflaje.

El recorrido comienza estableciendo las coordenadas del debate. A mediados del siglo XX, el arte norteamericano vivía su momento de hegemonía mundial. El expresionismo abstracto había desplazado a París como capital del arte contemporáneo, y figuras como Pollock, De Kooning o Rothko encarnaban una nueva manera de entender la pintura: gestual, monumental, existencialmente comprometida. Apenas una década después, el pop art de Warhol, Lichtenstein y Rosenquist parecía liquidar todo ese legado con su frialdad irónica y su celebración de la cultura comercial.

Pero la exposición del Thyssen demuestra que esa narrativa de ruptura radical es, cuando menos, simplificadora. Pollock y Warhol compartían una obsesión por la superficie pictórica como campo de operaciones, por el all-over que elimina la distinción entre figura y fondo. Los drippings de Pollock cubren el lienzo de manera uniforme, sin centro ni periferia; las serigrafías repetidas de Warhol funcionan de manera similar, convirtiendo el cuadro en un patrón que podría extenderse indefinidamente. Ambos, a su manera, cuestionaron la noción tradicional del cuadro como ventana al mundo.

La repetición es otro punto de encuentro inesperado. En Pollock, el gesto se repite una y otra vez hasta generar una trama visual que trasciende la intencionalidad del artista. En Warhol, la repetición es el tema mismo: las latas de sopa, los retratos de celebridades, las sillas eléctricas se multiplican hasta perder su singularidad, hasta convertirse en puro signo. Ambos entendieron que la serialidad —ya sea gestual o mecánica— produce un efecto de extrañamiento que obliga al espectador a mirar de otra manera.

El concepto de camuflaje, quizá el más sugerente de los tres, aparece en la exposición como una estrategia compartida de ocultación y revelación. Pollock se camufla en sus lienzos, desaparece en la maraña de líneas y salpicaduras hasta confundirse con la obra. Warhol se camufla detrás de su personaje público, de sus pelucas plateadas y sus respuestas monosilábicas, hasta convertirse él mismo en una imagen reproducible. Ambos practican, desde posiciones opuestas, un arte del disfraz.

La selección de obras resulta impecable. Junto a piezas emblemáticas de Pollock y Warhol, la exposición incluye trabajos de otros artistas que permiten contextualizar el diálogo: Barnett Newman, Mark Rothko, Robert Rauschenberg, Jasper Johns. El montaje evita la tentación de establecer correspondencias demasiado literales y prefiere sugerir resonancias, ecos visuales que el espectador puede completar con su propia mirada.

El Thyssen demuestra una vez más su capacidad para proponer lecturas originales de la historia del arte, exposiciones que no se limitan a exhibir obras maestras sino que las hacen dialogar de maneras inesperadas. Warhol, Pollock y otros espacios americanos no resuelve el debate entre expresionismo abstracto y pop art: lo enriquece, lo complica, lo vuelve más interesante.