Hay fotógrafos que documentan la historia y fotógrafos que la escriben con luz. Robert Capa perteneció a la segunda categoría. Robert Capa. Icons, la mayor retrospectiva dedicada en España al húngaro que inventó el fotoperiodismo moderno, ocupa la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes hasta el 25 de enero, y quien no la visite en estos últimos días habrá perdido una oportunidad irrepetible de asomarse al siglo XX a través de los ojos del hombre que acuñó el axioma más célebre de la fotografía de guerra: «Si tus fotos no son lo bastante buenas, es porque no estás lo bastante cerca».
La muestra, comisariada por Michel Lefebvre, escritor y periodista de Le Monde especializado en historia contemporánea, reúne más de 250 piezas procedentes de la Golda Darty Collection y de los archivos de Magnum Photos, la agencia que Capa fundó en 1947 junto a Henri Cartier-Bresson, David «Chim» Seymour y George Rodger. Pero lo verdaderamente excepcional no es el número sino la naturaleza de las piezas: fotografías originales de época, reveladas por el propio Capa, que conservan la textura y la urgencia del momento en que fueron tomadas. No son copias posteriores retocadas para exposiciones de museo, sino los mismos vintage prints que circularon en periódicos y revistas de los años treinta, cuarenta y cincuenta, con sus marcas, sus anotaciones y sus imperfecciones. Ver estas imágenes es comprender cómo miraba Capa.
La exposición coincide con el 90 aniversario de la Guerra Civil Española, el conflicto que catapultó a la fama al joven Endre Ernő Friedmann, nacido en Budapest en 1913 y rebautizado como Robert Capa —un nombre inventado junto a su compañera Gerda Taro para sonar más americano y cobrar más por las fotos—. La célebre Muerte de un miliciano, capturada en Cerro Muriano en 1936, sigue siendo una de las imágenes más debatidas de la historia de la fotografía: ¿instantánea auténtica o puesta en escena? El debate, que ha ocupado a historiadores durante décadas, importa menos que la verdad emocional de la imagen, ese cuerpo que cae hacia atrás con los brazos abiertos en el instante exacto del impacto. Capa entendió antes que nadie que la fotografía de guerra no documenta batallas sino la fragilidad del cuerpo humano ante la violencia.
El recorrido por la Sala Picasso permite seguir una carrera tan breve como intensa. Capa cubrió cinco conflictos decisivos del siglo XX: la Guerra Civil Española, la guerra chino-japonesa, la Segunda Guerra Mundial, la primera guerra árabe-israelí y la guerra de Indochina, donde encontró la muerte en 1954, a los 40 años, al pisar una mina antipersona. En cada uno de ellos buscó la cercanía física con la acción, esa proximidad que le permitía captar no solo el fragor del combate sino la humanidad de quienes lo protagonizaban. Sus imágenes del Día D en Omaha Beach, tomadas bajo el fuego enemigo mientras desembarcaba con la primera oleada de soldados, son un testimonio estremecedor de lo que significa estar ahí cuando la historia se escribe con sangre.
Pero uno de los grandes aciertos de esta retrospectiva es mostrar al Capa que existía más allá de los frentes de batalla. El fotógrafo retrató a Picasso, Hemingway, Ingrid Bergman; trabajó en Hollywood y experimentó con la fotografía en color desde finales de los años treinta, mucho antes de que fuera práctica habitual en el fotoperiodismo. Las imágenes en color que pueden verse en la exposición revelan a un Capa distinto, interesado en captar la vitalidad de la vida cotidiana, los paisajes mediterráneos, los retratos de moda publicados en Life o Holiday. Los objetos personales expuestos —su cámara Leica, su máquina de escribir, su permiso de conducir— permiten intuir al hombre detrás del mito: un apasionado de los viajes, el cine, el juego y la amistad, alguien que vivía con la misma intensidad con que fotografiaba.
La sombra de Gerda Taro planea sobre toda la muestra. Compañera sentimental y profesional de Capa, Taro murió en el frente de Brunete en 1937, convirtiéndose en la primera fotógrafa caída en combate. Su pérdida marcó profundamente a Capa y consolidó el mito de una pareja unida por la pasión y el riesgo de contar la historia desde dentro. La exposición no elude esta dimensión trágica, pero tampoco la explota: simplemente la integra en el relato de una vida vivida al límite.
Robert Capa. Icons no es solo una exposición fotográfica: es una lección de periodismo, una reflexión sobre el poder de la imagen y un recordatorio de que hubo un tiempo en que los fotógrafos arriesgaban la vida para que el mundo supiera lo que ocurría en lugares remotos. En una época de imágenes generadas por inteligencia artificial y fake news virales, contemplar estas fotografías originales, con toda la verdad de su grano y sus imperfecciones, resulta casi un acto de resistencia. Capa nos recuerda que la realidad existe, que merece ser documentada y que hay quienes están dispuestos a morir por contarla.

