Hay una pregunta que conviene hacerse cada vez que un estudio de Hollywood anuncia un nuevo reboot, secuela o «reimaginación» de una franquicia clásica: ¿esto existe porque alguien tenía algo nuevo que decir, o porque alguien tenía un activo que explotar? La respuesta, con excepciones honrosas, suele ser la segunda. Vivimos en la era de la nostalgia industrial: un sistema de producción cultural que ha descubierto que vender el pasado es más seguro, más rentable y más predecible que arriesgarse a crear futuro. El resultado es una cultura que mira obsesivamente hacia atrás mientras avanza sonámbula hacia ninguna parte. Una estafa que parte de valorar muy poquito la inteligencia de los espectadores.
Las cifras lo dicen todo. De las veinte películas más taquilleras de la última década, casi todas son secuelas, spin-offs, adaptaciones de cómics o reboots de franquicias existentes. Los originales —películas con historias nuevas, personajes nuevos, mundos nuevos— han sido relegados a los márgenes: cine independiente, plataformas de nicho, premios que nadie ve. El centro del mainstream cultural está ocupado por variaciones de cosas que ya conocemos.
El fenómeno no se limita al cine. La música vive de giras de reunión y reediciones de vinilos. La moda recicla décadas con precisión cronométrica: ahora tocan los 2000, pronto volverán los 2010. Los videojuegos venden remasterizaciones de títulos que los jugadores ya compraron hace veinte años. Hasta los memes son nostálgicos: referencias a programas de televisión de los noventa consumidos por gente que no había nacido cuando se emitieron.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta tiene varias capas. La primera es puramente económica: la nostalgia reduce el riesgo. Una película basada en una propiedad intelectual conocida tiene audiencia garantizada, marketing incorporado, base de fans que discutirá online generando publicidad gratuita. Apostar por algo nuevo es caro y puede fracasar. Apostar por algo que ya funcionó es casi seguro. En un sistema donde el fracaso se castiga y la mediocridad rentable se premia, la nostalgia es la opción racional.
La segunda capa es demográfica. Los millennials —la generación con mayor poder adquisitivo relativo— están en la edad en que la nostalgia pega más fuerte: treinta y cuarenta años, suficientes para echar de menos una infancia que el capitalismo se encarga de empaquetar y revender. Las franquicias que consumieron de niños ahora se «reimaginan» para sus hijos, cerrando un círculo de transmisión cultural que es también un círculo de transmisión de propiedad intelectual. La herencia cultural se ha privatizado.
La tercera capa es más perturbadora: quizás ya no sabemos imaginar futuros. Las grandes narrativas del siglo XX —progreso tecnológico, emancipación política, exploración espacial— se han agotado o desacreditado. Lo que queda es un presente perpetuo donde el único horizonte temporal disponible es el pasado. La nostalgia no es solo un producto; es un síntoma de agotamiento imaginativo colectivo.
Esto tiene consecuencias culturales profundas. Una sociedad que solo mira hacia atrás es una sociedad que ha renunciado a definir hacia dónde quiere ir. Los mitos que consumimos moldean cómo pensamos lo posible. Si todos nuestros héroes son versiones actualizadas de héroes que ya tuvimos, si todas nuestras historias son refritos de historias ya contadas, estamos culturalmente paralizados, cómodos en la repetición.
Y luego está la cuestión de la calidad. La nostalgia industrial rara vez produce obras que estén a la altura de sus originales. El reboot típico captura la superficie —los personajes, la estética, las frases icónicas— pero pierde el espíritu. Lo que en su día fue fresco y arriesgado se convierte en fórmula, en producto, en contenido optimizado para no ofender a nadie. Es la paradoja del revival: cuanto más fiel intenta ser, más evidencia lo que le falta.
¿Hay alternativa? La hay, pero requiere aceptar algo que el sistema actual no quiere aceptar: que el fracaso es parte de la creación. Que para producir una obra genuinamente nueva y valiosa hay que arriesgarse a producir muchas que no funcionen. Que la cultura viva necesita espacio para experimentar, equivocarse, sorprender. Mientras sigamos participando en la estafa de pagar religiosamente por ver la misma película con distintos actores, seguiremos obteniendo exactamente eso.
La nostalgia en sí no es el enemigo. Recordar está bien, celebrar el pasado está bien, revisitar lo que amamos está bien. El problema es cuando la nostalgia deja de ser emoción y se convierte en industria, cuando el único pasado disponible es el que alguien puede monetizar, cuando la memoria colectiva se gestiona como cartera de inversión.
Quizás la única nostalgia digna de ese nombre sea la nostalgia de un tiempo en que el futuro todavía existía.

