La sinsombrero que pintó el siglo

Maruja Mallo, Sorpresa del trigo, 1936, Colección particular. © Maruja Mallo, VEGAP, Madrid, 2025

Hubo un tiempo en que una mujer podía escandalizar a Madrid simplemente quitándose el sombrero. Maruja Mallo lo hizo, junto a Dalí, Lorca y Margarita Manso, en la Puerta del Sol, y aquel gesto mínimo condensaba toda una declaración de principios: la voluntad de vivir sin corsés, de crear sin permiso, de existir sin disculpas. Maruja Mallo. Máscara y compás, la exposición que el Museo Reina Sofía dedica a la artista gallega hasta el 16 de marzo de 2026, no es solo la mayor retrospectiva realizada hasta la fecha sobre su obra: es también un acto de reparación histórica, el reconocimiento tardío pero necesario de una de las figuras más fascinantes y menos conocidas de la vanguardia española.

La muestra, organizada en colaboración con la Fundación Botín y comisariada por Patricia Molins, reúne cerca de 200 obras —pinturas, dibujos, fotografías y documentos, muchos de ellos inéditos— que trazan el itinerario completo de Ana María Gómez González, nacida en Viveiro (Lugo) en 1902 y rebautizada como Maruja Mallo para la historia del arte. Once salas del Edificio Sabatini acogen un recorrido cronológico que permite comprender la evolución de una creadora inclasificable, capaz de transitar del realismo mágico al surrealismo, de la geometría constructivista a la exuberancia orgánica, sin perder nunca su voz propia.

El título de la exposición condensa las dos pulsiones que atraviesan toda su trayectoria. La máscara representa lo vital, lo festivo, la identidad mutable, el carnaval de las verbenas madrileñas que Mallo inmortalizó en sus primeras obras maestras. El compás, en cambio, alude a la razón, la medida, la armonía geométrica que estructura incluso sus composiciones más aparentemente caóticas. Entre ambos polos —lo dionisíaco y lo apolíneo, diríamos en términos clásicos— se despliega una obra que desafía cualquier etiqueta.

El recorrido se abre con las célebres Verbenas de 1927-1928, y aquí la exposición ofrece un acontecimiento irrepetible: por primera vez en más de 95 años, las cinco verbenas que dieron fama a Mallo se exhiben juntas. Contemplarlas es asistir al nacimiento de una mirada capaz de transformar el carnaval madrileño en una sinfonía de color y movimiento donde lo popular se eleva a categoría estética. Ortega y Gasset, nada menos, organizó una exposición de estos cuadros en las oficinas de la Revista de Occidente, consagrando a una artista de apenas 25 años como una de las voces más originales de su generación.

Pero Mallo no se conformó con el éxito temprano. La exposición documenta su estancia en París, donde una beca de la Junta de Ampliación de Estudios le permitió entrar en contacto con el círculo surrealista. La serie Cloacas y campanarios (1930-1932), poblada de esqueletos, sotanas vacías y paisajes desolados, revela una vertiente oscura y perturbadora que sedujo al propio André Breton, quien adquirió El espantapájaros. Es el período más sombrío de Mallo, una meditación visual sobre la muerte y la putrefacción que contrasta radicalmente con la vitalidad de las verbenas.

La Guerra Civil sorprendió a Mallo en Galicia y la obligó al exilio. Argentina, Chile, Uruguay se convirtieron en su geografía durante más de tres décadas. Ella misma decía que había pasado «de la geografía a la cosmografía», y ese tránsito se percibe en las salas dedicadas a su producción americana. Las Naturalezas vivas sustituyen a las naturalezas muertas tradicionales: conchas, flores, elementos marinos se combinan en composiciones de una sensualidad exuberante que a menudo evocan el cuerpo femenino, el útero, el origen de la vida. La serie de Máscaras explora la diversidad racial y cultural del continente americano, ensayando fusiones de rostros y razas que anticipan debates contemporáneos sobre la identidad.

El regreso a España en 1962, tras la muerte de su madre, abre el último capítulo de una trayectoria que se prolongaría hasta su fallecimiento en Madrid en 1995. Las obras tardías, donde Mallo fusiona elementos de todas sus épocas anteriores, revelan a una artista que nunca dejó de experimentar. Los Viajeros del éter de los años ochenta, con sus figuras geométricas flotando en espacios cósmicos, demuestran que su interés por la cuarta dimensión y las leyes armónicas de los números no era una pose intelectual sino una búsqueda genuina que la acompañó hasta el final.

Manuel Segade, director del Museo Reina Sofía, ha señalado que Mallo «tendría un lugar garantizado en la historia por ser la artista capaz de dotar de imaginario visual a la Generación del 27», pero que además fue «una personalidad muy avanzada a su tiempo, por su preocupación por la dignidad del trabajo de la mujer, por sus teorías sobre la importancia de la creación popular, por su capacidad para performar su propia imagen». Esta última observación resulta especialmente pertinente: la exposición incluye una sala dedicada a las fotografías en las que Mallo escenificaba su propia identidad, anticipando en décadas las prácticas de artistas como Cindy Sherman.

Visitar Máscara y compás es descubrir que la historia del arte español del siglo XX tiene más protagonistas de los que nos enseñaron en el colegio. Maruja Mallo fue amiga de Lorca, de Neruda, de Alberti —con quien mantuvo una relación sentimental—, de Miguel Hernández. Participó en las Misiones Pedagógicas de la República, diseñó escenografías teatrales, escribió ensayos sobre arte y geometría. Y sin embargo, durante décadas, su nombre quedó eclipsado por los de sus compañeros varones. Esta exposición no solo rescata su obra del olvido: demuestra que sin ella, la vanguardia española queda incompleta.

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