La máquina que sueña: sobre la IA, el arte y las deudas pendientes

La máquina que sueña: sobre la IA, el arte y las deudas pendientes

Existe una pregunta que flota en el aire viciado de las galerías contemporáneas y los timelines de redes sociales, una pregunta que nadie formula del todo bien pero que todos intuyen: cuando una imagen generada por inteligencia artificial nos conmueve, ¿estamos asistiendo a una estafa?

La sospecha tiene su lógica. Durante siglos, el arte ha funcionado como un pacto tácito entre creador y espectador. Yo, artista, he dedicado años a dominar una técnica, he sufrido, he fracasado, he vuelto a empezar. Tú, espectador, reconoces ese esfuerzo en cada pincelada, en cada decisión compositiva, en ese temblor casi imperceptible de la línea que delata una mano humana. El arte era, entre otras cosas, testimonio de una vida dedicada a algo.

Ahora llega alguien, escribe «atardecer melancólico en el estilo de Caspar David Friedrich» y obtiene en segundos algo que, visto desde cierta distancia —la distancia a la que solemos ver las cosas en Instagram—, resulta indistinguible de aquello que antes requería una existencia entera.

Y sin embargo, llamar estafa a este fenómeno sería tan impreciso como llamar estafa a la fotografía cuando apareció, o al ready-made de Duchamp, o a la música electrónica. Cada revolución técnica en la historia del arte ha provocado la misma acusación: esto no es arte, esto es trampa, esto es el fin de algo sagrado. Y cada vez, tras el escándalo inicial, hemos terminado por aceptar que el arte no reside en el sudor del proceso sino en algo más escurridizo: la capacidad de generar sentido, de provocar una experiencia estética, de hacernos ver el mundo de una manera que antes no existía.

El promptista —permítanme el neologismo— que escribe instrucciones para una IA no es tan diferente del director de cine que nunca toca una cámara, o del arquitecto que jamás pondrá un ladrillo, o del compositor que trabaja exclusivamente con samples. Hay una intención, hay decisiones, hay un criterio que discrimina entre mil imágenes posibles hasta encontrar aquella que dice exactamente lo que se quería decir. Eso también es creación.

Pero aquí viene el matiz fundamental, la letra pequeña que no podemos ignorar: esa IA que genera imágenes no surgió de la nada. Se alimentó de millones de obras creadas por artistas humanos, muchos de ellos vivos, la mayoría sin haber dado su consentimiento, casi ninguno compensado. La máquina que hoy produce arte lo hace porque antes existieron ilustradores que cobraban por encargo, fotógrafos que vendían sus imágenes, pintores que malvivían en estudios helados. Sus obras fueron el combustible gratuito de una revolución que ahora amenaza con dejarlos obsoletos.

Esto no es un detalle menor ni una cuestión meramente económica. Es una deuda ética de proporciones considerables. Porque si aceptamos que el arte generado por IA es legítimo —y deberíamos aceptarlo—, entonces debemos también aceptar que ese arte tiene padres, tiene genealogía, tiene créditos que reconocer y facturas que pagar.

Las empresas que desarrollan estos modelos han construido imperios sobre el trabajo no remunerado de una clase creativa a la que ahora pretenden sustituir. La elegancia de sus algoritmos no debería hacernos olvidar la tosquedad de su modelo de negocio: apropiación masiva disfrazada de innovación tecnológica.

La solución no pasa por prohibir ni por añorar un pasado que no volverá. Pasa por construir sistemas de compensación, por establecer marcos legales que reconozcan las contribuciones de los artistas cuyos estilos fueron absorbidos, por crear fondos que redistribuyan parte de los beneficios obscenos de esta industria hacia quienes la hicieron posible sin saberlo.

El arte hecho con IA es arte. Pero es un arte que nació con una hipoteca moral que todavía no hemos empezado a pagar. Y hasta que no la saldemos, cada imagen generada llevará consigo, invisible pero presente, la sombra de todos aquellos a quienes debemos algo.