Hay imágenes que se repiten con sospechosa regularidad en Instagram y TikTok: estanterías perfectamente organizadas por colores, tazas humeantes junto a volúmenes estratégicamente desplegados, personas fotogénicas sosteniendo libros que parecen no haber sido abiertos nunca. Es el universo de los bookstagrammers y booktokers, la versión siglo XXI del club de lectura, y también una de las performances culturales más extrañas de nuestra época.
Porque de eso se trata, fundamentalmente: de performance. La pregunta incómoda que nadie quiere formular es: ¿cuánto de esto tiene que ver con leer y cuánto con parecer que se lee?
Entendámonos: la promoción de la lectura es, en principio, algo positivo. En un mundo dominado por estímulos rápidos y atención fragmentada, cualquier cosa que acerque a la gente a los libros debería celebrarse. Y es cierto que algunos influencers literarios hacen un trabajo genuino de divulgación, descubren autores interesantes, fomentan conversaciones sobre literatura. El problema no es que existan; el problema es qué modelo de relación con los libros promueven y que ellos, en sí mismos, son una estafa.
El modelo dominante es el de la acumulación. Hauls de veinte libros comprados en una tarde. Estanterías que crecen más rápido de lo que cualquier persona podría leer. El libro como objeto decorativo, como señal de identidad, como accesorio de estilo de vida. Se colecciona más de lo que se lee, y se muestra más de lo que se comprende. La biblioteca personal deja de ser registro de una vida lectora para convertirse en escenografía.
Luego está el lenguaje de las reseñas. Observen las descripciones típicas: «este libro me hizo sentir cosas», «no tengo palabras», «literalmente destrozada», «obsesionada». Es el vocabulario de la reacción emocional inmediata, no del pensamiento crítico. No hay análisis, no hay contexto, no hay conexión con tradiciones literarias o debates intelectuales. Hay sentimientos, hay estética, hay GIFs. El libro se reduce a su capacidad de generar contenido emocionalmente expresivo.
Este modelo tiene consecuencias concretas sobre qué se lee y qué se ignora. Los algoritmos de las redes sociales premian ciertos tipos de contenido: portadas llamativas, narrativas con ganchos emocionales fuertes, libros que pueden describirse en treinta segundos. La literatura difícil, exigente, que requiere tiempo y esfuerzo, queda sistemáticamente fuera. No porque no existan lectores dispuestos a ese esfuerzo, sino porque ese tipo de lectura no performa bien. La viralidad y la profundidad son, casi siempre, incompatibles.
Hay también una dimensión económica que conviene no ignorar. Muchos influencers de lectura tienen acuerdos con editoriales, reciben libros gratis, cobran por menciones. Nada de esto es ilegal ni necesariamente inmoral, pero desdibuja la línea entre recomendación genuina y publicidad encubierta. Cuando el influencer dice que un libro le cambió la vida, ¿es verdad o es trabajo? Imposible saberlo. La autenticidad se ha convertido en otro producto a simular.
Y quizás lo más inquietante: la lectura convertida en marca personal. «Soy de las que leen fantasía romántica.» «Solo leo no ficción.» «Mi estética es dark academia.» La identidad lectora como etiqueta de marketing, como tribu a la que pertenecer, como rasgo de personalidad prefabricado. Se lee para ser cierto tipo de persona, o al menos para parecerlo, más que por la experiencia intransferible de perderse en un libro.
Nada de esto significa que los seguidores de estos influencers no lean o que su experiencia lectora sea falsa. Pero sí significa que están siendo socializados en una manera particular de relacionarse con los libros: una manera que prioriza la superficie sobre la profundidad, la cantidad sobre la calidad, la exhibición sobre la intimidad. La lectura como consumo ostentoso, no como práctica de construcción de uno mismo.
La lectura real —la que transforma, la que cuestiona, la que duele— es un acto íntimo que resiste la espectacularización. Ocurre en silencio, sin audiencia, sin likes. No necesita estanterías perfectas ni iluminación de golden hour. A veces deja marcas en los márgenes y manchas de café en las páginas. Es conversación privada entre una mente y un texto, no performance para el timeline.
Quizás la mejor manera de honrar los libros sea leerlos lejos de la cámara. Y quizás la mejor reseña posible sea ninguna reseña en absoluto: simplemente vivir de otra manera porque algo que leíste te cambió.
Pero de eso no se puede hacer un reel.

