El pintor que escuchaba el silencio

Hammershøi en el Thyssen: el maestro del silencio

Hasta hace apenas unas semanas, pronunciar el nombre de Vilhelm Hammershøi en España equivalía a constatar un vacío. Sus cuadros apenas se habían exhibido en nuestro país, pese a que en vida gozó de una fama considerable y a que su influencia en la pintura nórdica del cambio de siglo resulta difícilmente exagerable. Hammershøi. El ojo que escucha, la retrospectiva que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta hasta el 31 de mayo de 2026, corrige esa anomalía con una contundencia que no admite réplica: cerca de noventa óleos y dibujos del artista y de algunos de sus contemporáneos componen un recorrido que revela a un creador tan singular como necesario para comprender la modernidad europea.

El subtítulo de la muestra condensa con elegancia la paradoja central de su obra. «El ojo que escucha» alude a esa relación metafórica entre la pintura de Hammershøi, el silencio que emana de sus composiciones y su conocido interés por la música, dado que la aparente calma de sus interiores funciona como una partitura visual donde cada puerta entreabierta, cada pared desnuda y cada rayo de luz filtrada desempeñan el papel de notas en una melodía inaudible. La comisaria Clara Marcellán, conservadora de Pintura Moderna del museo, ha organizado la exposición en seis secciones que recorren desde las primeras influencias del artista hasta las piezas que marcaron el ocaso de su breve trayectoria (falleció en 1916, con apenas 51 años), incluyendo obra de creadores que dialogan con su universo visual, como Whistler o el holandés del XVII Pieter de Hooch.

Nacido en Copenhague en 1864, Hammershøi produjo poco más de cuatrocientas obras a lo largo de su vida, una cifra modesta que contrasta con la profundidad de su propuesta. Sus interiores domésticos, tema por el que es universalmente reconocido, constituyen quizá el ejemplo más radical de depuración pictórica en el arte europeo anterior a la abstracción. Las habitaciones de su apartamento en Strandgade 30, junto al puerto de Copenhague, se convirtieron en el escenario obsesivo de una investigación sobre la luz, el espacio y la ausencia que el visitante puede seguir en las salas del Thyssen con una claridad reveladora. A medida que avanza el recorrido cronológico, los interiores se van despojando de objetos hasta quedar reducidos a puertas, paredes y suelos bañados por una luminosidad grisácea que no calienta ni consuela, sino que simplemente existe, indiferente al espectador.

La presencia de Ida Ilsted resulta fundamental para descifrar la obra del artista, puesto que esta mujer, hermana de uno de sus compañeros de estudios y su esposa desde 1891, aparece con frecuencia en los cuadros, aunque casi siempre de espaldas. Esa decisión compositiva, que podría parecer un capricho formal, constituye en realidad una declaración estética de primer orden: Hammershøi no retrata a Ida sino que la convierte en un elemento más del espacio, en una presencia tan silenciosa como los muebles y las paredes que la rodean. El efecto es inquietante, toda vez que el espectador se descubre en la posición de un voyeur que observa una intimidad de la que está irremediablemente excluido.

Uno de los aciertos mayores de la exposición reside en no limitar a Hammershøi al papel de pintor de interiores. Las secciones dedicadas a los retratos y los paisajes amplían considerablemente nuestra comprensión de un artista que, si bien alcanzó la maestría en el ámbito doméstico, también supo captar la quietud espectral de las calles de Copenhague vistas desde lo alto, con una paleta reducida a grises, ocres y blancos que anticipa el cromatismo de Giorgio Morandi. Los retratos, que representan aproximadamente una cuarta parte de toda su producción, permiten reconstruir el círculo personal del artista: amigos, músicos y colegas en los que la interpretación de un instrumento, la escucha o la espera se convierten en motivos centrales, razón por la cual el vínculo entre pintura y música adquiere en estas obras una dimensión casi programática.

Contemplar la obra de Hammershøi en el Thyssen añade una capa de significado que ningún otro museo español podría ofrecer con igual eficacia, ya que la colección permanente del Paseo del Prado permite establecer conexiones inmediatas con los maestros holandeses del Siglo de Oro (esas habitaciones de Vermeer y De Hooch donde la luz también entra por la izquierda y también ilumina un espacio de recogimiento) y con figuras del XIX y XX como Edward Hopper, cuyas escenas de soledad urbana comparten con Hammershøi una misma capacidad para convertir lo cotidiano en enigma. El montaje expositivo potencia estos diálogos sin forzarlos, de modo que el espectador puede transitar entre las obras del danés y las de sus referentes percibiendo ecos y resonancias que enriquecen la experiencia sin saturarla.

Las últimas salas abordan la producción final del artista, donde una incipiente modernidad parece asomar entre las grietas de sus austeros interiores. En uno de sus autorretratos tardíos, Hammershøi se representa pincel en mano mirando directamente al espectador, reafirmando su identidad como pintor en un gesto que, tras recorrer decenas de espaldas giradas y habitaciones vacías, adquiere una fuerza emotiva inesperada. Es el momento en que el artista, tras toda una vida escondiéndose detrás de puertas entreabiertas, decide por fin mostrarse.

Hammershøi. El ojo que escucha demuestra que los grandes descubrimientos artísticos no siempre llegan con estruendo. A veces basta con abrir la puerta de una habitación silenciosa en Copenhague para comprender que la pintura, en sus momentos más depurados, puede escuchar lo que los ojos no ven. El Thyssen nos regala una de esas exposiciones que transforman para siempre nuestra relación con un artista: quien entre sin conocer a Hammershøi saldrá incapaz de olvidarlo.

Hammershøi. El ojo que escucha Museo Nacional Thyssen-Bornemisza Hasta el 31 de mayo de 2026 Comisariado: Clara Marcellán Organiza: Museo Thyssen-Bornemisza en cooperación con la Kunsthaus Zürich