Vivimos rodeados de pantallas que saben más de nosotros que nuestros amigos más íntimos. Alimentamos con datos cada clic, cada búsqueda, cada like, sin preguntarnos demasiado qué se hace con esa información ni qué derechos nos asisten como ciudadanos digitales. Hoy es un buen día para hablar de Derechos Digitales, la exposición que el Espacio Fundación Telefónica presenta hasta el 3 de mayo de 2026, tiene la virtud de convertir estas preguntas abstractas en experiencias artísticas tangibles.
La muestra, desplegada en las plantas del emblemático edificio de Gran Vía, aborda siete derechos fundamentales de la era digital: libertad de expresión e información veraz, privacidad, identidad, trabajo digno, derecho al olvido y herencia digital, acceso a Internet y decisión humana frente a la inteligencia artificial. Cada uno de ellos se explora a través de obras de artistas contemporáneos que han hecho de la tecnología su medio y su tema.
El recorrido se abre con una reflexión sobre la libertad de expresión en tiempos de redes sociales. ¿Somos más libres que nunca para comunicarnos o estamos atrapados en burbujas algorítmicas que solo nos muestran lo que queremos ver? Las piezas de Marc Lee visualizan en tiempo real los flujos de información que circulan por Internet, convirtiendo lo invisible en espectáculo hipnótico y perturbador.
La sección dedicada a la privacidad resulta especialmente inquietante. Hasan Elahi, artista tunecino-estadounidense que fue investigado por el FBI tras los atentados del 11-S, decidió convertir la vigilancia en arte: desde entonces documenta obsesivamente cada momento de su vida —qué come, dónde duerme, qué compra— y lo publica en una web accesible a cualquiera. Su obra plantea una paradoja: ¿es la transparencia total la mejor defensa contra la vigilancia, o simplemente nos convierte en cómplices de nuestra propia exposición?
Aram Bartholl, por su parte, explora la materialidad de lo digital. Sus instalaciones convierten contraseñas, direcciones IP y otros elementos intangibles en objetos físicos que podemos tocar, subrayando la extraña condición de una información que parece inmaterial pero que existe en servidores que consumen energía, ocupan espacio y contaminan. El derecho al olvido, esa conquista legal europea que permite solicitar la eliminación de información personal de los buscadores, se revela aquí como una ficción útil pero incompleta: Internet no olvida, solo disimula.
La exposición alcanza su momento más perturbador en las salas dedicadas a la inteligencia artificial. ¿Tenemos derecho a saber cuándo estamos interactuando con una máquina? ¿Quién es responsable cuando un algoritmo discrimina, excluye o perjudica? Las obras expuestas no ofrecen respuestas fáciles, pero plantean las preguntas con una claridad que el debate público rara vez alcanza.
Hoy es un buen día para hablar de Derechos Digitales no es una exposición tecnofóbica ni tecnoutópica. No demoniza Internet ni celebra acríticamente sus promesas de conexión universal. Simplemente nos recuerda que la tecnología no es neutra, que detrás de cada algoritmo hay decisiones humanas, y que como ciudadanos tenemos derecho a participar en esas decisiones. En tiempos de aceptación pasiva de términos y condiciones que nadie lee, esta exposición funciona como un necesario ejercicio de alfabetización crítica.

