En casa de Matisse, una revolución cromática

En casa de Matisse, una revolución cromática

Hay exposiciones que se visitan y otras en las que se habita. Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, abierta en CaixaForum Madrid hasta el 22 de febrero de 2026, pertenece sin duda a esta segunda categoría. La muestra, fruto de una colaboración ejemplar entre la Fundación «la Caixa» y el Centre Pompidou de París, no se limita a exhibir obras del genio francés: construye un universo envolvente donde el visitante comprende, casi por ósmosis, por qué Henri Matisse transformó para siempre nuestra manera de mirar y representar el mundo.

La comisaria Aurélie Verdier, conservadora jefa de las Colecciones modernas del Musée national d’art moderne, ha concebido un recorrido en ocho ámbitos que trasciende la mera retrospectiva cronológica. Aquí no se trata solo de seguir la evolución de un artista, sino de presenciar cómo una visión singular del color y el espacio irradió sobre generaciones de creadores, desde las vanguardias históricas hasta el arte contemporáneo. Las 46 obras de Matisse dialogan con 49 piezas de artistas tan diversos como Picasso, Braque, Kandinsky, Barnett Newman, Daniel Buren o Zoulikha Bouabdellah, tejiendo una red de correspondencias que ilumina un siglo entero de creación.

El recorrido se abre con Luxe, calme et volupté (1904), ese paisaje arcádico que anticipa el estallido fauvista y cuyo título, tomado de Baudelaire, parece condensar toda una filosofía estética. Contemplar esta obra junto a los primeros autorretratos del artista es asistir al nacimiento de una anarquía cromática que escandalizaría al Salón de Otoño de 1905 pero que, con el tiempo, se revelaría como una de las conquistas más decisivas del arte moderno. El color, liberado de su función descriptiva, se convierte en vehículo autónomo de emoción.

Uno de los aciertos mayores de la exposición reside en su capacidad para mostrar las dimensiones menos conocidas del artista. El ámbito dedicado a «Provocar apariciones» revela la obsesión de Matisse por la Gran Guerra y su extraordinario trabajo del espacio a través de la ausencia. Porte-fenêtre à Collioure (1914), esa puerta-ventana dominada por una franja negra central que Louis Aragon calificó como «el más misterioso de todos los cuadros jamás pintados», adquiere aquí todo su poder de enigma. Desconocida para el público hasta los años sesenta, esta obra fascinó a toda una generación de artistas abstractos como huella nunca reivindicada de un improbable giro de Matisse hacia la abstracción.

La sección «Clasicismo moderno» aborda con inteligencia el bloqueo creativo que sufrió Matisse en 1926 y su retorno a Cézanne, Picasso y Bonnard para resolver el dilema de qué hacer con la figura. Figure décorative sur fond ornemental encarna esa tensión entre la estabilidad escultórica del cuerpo y lo que el historiador Meyer Schapiro denominó una auténtica «violencia decorativa». La presencia cercana de obras de sus contemporáneos permite calibrar hasta qué punto Matisse supo convertir la crisis en catalizador de renovación.

Pero es quizá en los últimos ámbitos donde la muestra alcanza su momento de mayor intensidad emocional. El sueño (1935), con Lydia Delektórskaya en esa postura de relajación que Matisse describía como la expresión más auténtica del ser, irradia una plenitud tanto emocional como plástica. La modelo, que irrumpió en la vida del artista como asistente y permaneció a su lado hasta su muerte en 1954, encarna en este lienzo esa fusión entre vida y arte que define la última etapa del maestro.

El cierre, titulado precisamente «Chez Matisse», constituye un ensayo visual deslumbrante sobre la libertad artística de sus últimos años, los célebres cut-outs y gouaches que siguen inspirando a creadores contemporáneos. La presencia de obras de Anna-Eva Bergman, Natalia Gontcharova, Daniel Buren o Kees Van Dongen demuestra que el legado de Matisse no es una influencia estática sino un diálogo vivo que se renueva con cada generación. El juego de referencias cruzadas que propone Verdier ilumina conexiones inesperadas: la proa negra de Bergman resuena con las casullas para misas de difuntos que Matisse diseñó para la capilla de Vence; las franjas de Buren interrogan la frontera entre lo decorativo y lo pictórico que el maestro exploró durante toda su vida.

Esta exposición llega en un momento particularmente oportuno, cuando el arte contemporáneo parece debatirse entre la frialdad conceptual y el retorno a lo figurativo. Matisse nos recuerda que existe una tercera vía: la del color como pensamiento, la del espacio como emoción, la de la superficie pictórica como lugar de encuentro entre el ojo y el mundo. Su concepción innovadora del cuadro como pura superficie, su idea de estar «fuera de lugar» tanto emocional como políticamente, resuenan con singular pertinencia en nuestro presente.

Chez Matisse no es solo una exposición imprescindible: es una invitación a habitar, durante el tiempo de una visita, el universo de un artista que supo convertir la pintura en un arte de vivir. Salimos de CaixaForum con los ojos transformados, como si hubiéramos pasado unas horas en casa de un maestro que, siete décadas después de su muerte, sigue enseñándonos a ver.