Hay una escena que se repite millones de veces cada día: alguien lee un titular, siente indignación, comparte la noticia y sigue scrolleando. El artículo que acompaña a ese titular rara vez es leído. Y cuando lo es, a menudo contradice o matiza drásticamente lo que el titular sugería. Pero da igual: el daño ya está hecho, la emoción ya circula, el clic ya se contabilizó. Y aquí estamos, ante otra de las estafas del mundo moderno: el periodismo de titulares.
El periodismo de titulares no es un accidente; es un modelo de negocio. Y como todo modelo de negocio, tiene sus incentivos, sus métricas y sus consecuencias. El problema es que esas consecuencias incluyen la degradación sistemática del debate público.
Entendamos primero la mecánica. Los medios digitales viven de la publicidad, y la publicidad paga por impresiones y clics. Un titular que genera curiosidad, indignación o confirmación de prejuicios existentes producirá más clics que uno que refleje fielmente la complejidad de los hechos. Por tanto, los titulares se optimizan no para informar sino para atraer. El periodista que escribe el artículo y el editor que redacta el titular operan a menudo con incentivos contradictorios: uno busca la verdad; el otro, el tráfico.
El resultado son aberraciones cotidianas. Titulares que afirman lo que el artículo apenas sugiere. Titulares que omiten el contexto que cambia completamente el significado. Titulares que presentan como certeza lo que en realidad es especulación. Y cada vez que compartimos uno de estos titulares sin leer el artículo, nos convertimos en cómplices involuntarios de la desinformación.
Pero el problema va más allá de los titulares engañosos. La economía de la atención ha transformado la estructura misma de cómo se produce la información. Los medios necesitan publicar constantemente para alimentar algoritmos que premian la frecuencia. Esto significa menos tiempo para verificar, menos recursos para investigar, más dependencia de notas de prensa, agencias y contenido que puede producirse rápidamente. La cantidad devora a la calidad.
Y luego está la lógica de la indignación calibrada. Los editores saben qué temas generan más engagement: cultura wars, polarización política, escándalos de famosos, amenazas difusas. Saben también que la indignación es más viral que la matización, que el conflicto vende más que el consenso, que el miedo atrae más que la esperanza. El resultado es un ecosistema informativo sesgado hacia lo que nos altera, no hacia lo que necesitamos saber.
Esto tiene consecuencias políticas profundas. Ciudadanos permanentemente indignados pero mal informados. Debates públicos que giran en torno a malentendidos y exageraciones. Políticos que adaptan su discurso a la lógica del titular, porque saben que nadie leerá más allá. La democracia requiere ciudadanos informados; lo que tenemos son ciudadanos estimulados.
¿Quién tiene la culpa? La respuesta fácil es señalar a los medios, pero la realidad es que todos participamos en este sistema. Los medios producen lo que consumimos, y consumimos titulares. Las redes sociales amplifican lo que genera engagement, y el engagement lo genera la indignación. Los anunciantes pagan por impresiones, no por impacto social positivo. Estamos atrapados en un equilibrio perverso donde nadie quiere lo que todos producimos.
Medios históricamente respetables han sucumbido a esta lógica. Periódicos que antes marcaban la agenda ahora la persiguen, compitiendo con influencers y medios nativos digitales en una carrera hacia el fondo. La distinción entre periodismo serio y clickbait se ha difuminado hasta casi desaparecer. El problema ya no es distinguir las noticias falsas de las verdaderas; es distinguir las verdaderas de las técnicamente verdaderas pero esencialmente engañosas.
¿Hay salida? Algunas voces proponen modelos de suscripción que liberen a los medios de la tiranía del clic. Otros apuestan por regulación del mercado publicitario digital. Otros, más pesimistas, creen que el periodismo de calidad sobrevivirá solo como nicho para élites educadas mientras la mayoría se alimenta de titulares y memes. Ninguna de estas soluciones es sencilla ni está garantizada.
Lo que sí podemos hacer individualmente es desarrollar una higiene informativa mínima: leer más allá del titular antes de compartir, diversificar fuentes, sospechar de lo que confirma demasiado limpiamente nuestros prejuicios, pagar por periodismo cuando podemos. Pequeños actos de resistencia contra una máquina que nos quiere permanentemente alterados y superficialmente informados.
Porque el titular que acabas de leer puede ser técnicamente cierto y profundamente falso al mismo tiempo. Y en esa brecha entre la letra y el espíritu habita una de las grandes estafas de nuestra época.

