En tiempos de alta definición obsesiva, de pantallas que prometen cada vez más píxeles por pulgada, resulta casi subversivo que un museo nos invite a celebrar lo borroso. Desenfocado. Otra visión del arte, abierta en CaixaForum Madrid hasta el 12 de abril de 2026, es una de esas exposiciones que no se limitan a mostrar obras, sino que transforman nuestra manera de mirar. Fruto de la colaboración entre la Fundación «la Caixa» y el Musée de l’Orangerie de París, la muestra reúne 72 obras de 55 artistas para demostrar que el desenfoque no es un defecto técnico sino una elección estética cargada de sentido.
El punto de partida es inevitable: Claude Monet y sus nenúfares. Claire Bernardi, directora del Musée de l’Orangerie, y Émilia Philippot, conservadora del Institut National du Patrimoine, parten de una constatación reveladora: cuando el público contempla los célebres nenúfares en la gran sala circular de la Orangerie, en realidad no ve nada definido. Percibe colores, formas, impresiones, pero la composición es fundamentalmente borrosa. Esa imprecisión, lejos de ser accidental, es constructiva. Y de ese hallazgo nace esta exposición que propone nada menos que una historia alternativa del arte contemporáneo estructurada desde la noción del desenfoque.
La muestra evita deliberadamente el recorrido cronológico para organizarse en torno a afinidades temáticas y formales. Así, Le bassin aux nymphéas, harmonie rose (1900) de Monet dialoga con el Hommage à Monet (2024) de Vincent Dulom, cuya técnica de depositar pigmentos sobre el lienzo mediante impresora produce halos vibratorios que desdibujan los contornos y obligan al ojo a una acomodación constante. El efecto es hipnótico: a medida que intentamos enfocar, aparecen capas de color, matices cromáticos, y se produce una disolución progresiva de la forma.
Uno de los aciertos mayores de la exposición reside en demostrar que el desenfoque trasciende la dicotomía entre figuración y abstracción. El Untitled (1948) de Mark Rothko, realizado poco después de su transición hacia la abstracción, ejemplifica magistralmente esta idea. Las capas de pintura diluida, los bordes difuminados que el propio artista calificaba de «atmosféricos», proponen una experiencia tanto perceptiva como corporal que invita a una observación prolongada. El desenfoque se convierte aquí en vehículo del colour field, ese campo de color que envuelve al espectador.

Pero la exposición alcanza su dimensión más conmovedora cuando el desenfoque se revela como respuesta a lo irrepresentable. Six Seconds (2001) de Alfredo Jaar, última pieza de un proyecto de seis años dedicado al genocidio ruandés, muestra la imagen borrosa de una joven de espaldas. Esta chica fue testigo del asesinato de sus padres a machetazos; había concertado una cita con el artista para contarle su historia, pero cuando llegó, cambió de opinión y se alejó. Jaar tomó la cámara y disparó sin enfocar. La borrosidad no es aquí efecto estético sino confesión de impotencia ante el horror.
Similar potencia emotiva emana de Morphologie du rêve #6 (2021) de Mame-Diarra Niang. La fotógrafa francesa fotografía una y otra vez su pantalla, de forma que cada nueva toma desdibuja más los contornos hasta transformar los cuerpos en manchas de color. El sujeto desaparece progresivamente, el yo se disuelve en una nebulosa espectral. Es su manera de explorar la identidad del cuerpo negro alejándose de siglos de representación occidental, abstrayéndolo en lo que ella denomina «formas de no retratos».
La pintura de Claire Chesnier, representada por 140223 (2023), presenta el color como acontecimiento. Ante sus obras experimentamos una percepción comparable a la de quien recupera la vista tras una ceguera pasajera. Abstracción cromática y paisaje de luz vibrante, su trabajo es heredero de Rothko y encarnación visual de la poética de Mallarmé: palabras —o colores— que se reflejan unas en otras hasta parecer no tener ya un color propio, sino ser transiciones de una misma gama.
El recorrido incluye también la dimensión más urgente del desenfoque contemporáneo. Los dibujos sobre fieltro de Léa Belooussovitch, realizados a partir de imágenes mediáticas de los megaincendios que han arrasado el planeta desde 2016, transforman la catástrofe en composiciones casi abstractas donde el color se expande sin límites aparentes. Y las huellas de hollín de Claudio Parmiggiani, con sus bibliotecas fantasmales donde solo quedan las sombras de los libros, evocan los cuerpos volatilizados sobre los muros de Hiroshima.
Desenfocado demuestra que sería posible escribir una historia del arte moderno y contemporáneo desde esta noción de lo impreciso. No como defecto, sino como elección. No como limitación técnica, sino como apertura perceptiva. Grégoire Bouillier lo escribió en Le Syndrome de l’Orangerie: «En realidad, no vemos nada. Nada preciso. Nada definitivo. Tenemos que acomodar la mirada constantemente». Esta exposición nos enseña que esa acomodación perpetua puede ser también una forma reveladora de ver.

