Recuerdo la promesa. YouTube iba a dar voz a todos. Cualquiera con una cámara y una idea podría alcanzar audiencias globales, sin necesidad de productoras, distribuidoras ni gatekeepers. Spotify iba a salvar a los músicos: sin discográficas intermediarias, el artista recibiría directamente el dinero de sus oyentes. Substack liberaría a los periodistas de editores timoratos y modelos de negocio tóxicos. Era la democratización definitiva de la cultura, el fin de los intermediarios, el poder para los creadores.
Han pasado quince años y el balance es desolador. Las promesas se cumplieron exactamente al revés. Ha sido una estafa.
Empecemos por los números. En Spotify, el 90% de los streams se concentra en aproximadamente el 1% de los artistas. Un músico necesita alrededor de un millón de reproducciones para ganar lo que antes se ganaba vendiendo mil discos. La inmensa mayoría de los artistas en la plataforma ganan literalmente nada: cero euros, céntimos que no alcanzan el umbral de pago. La plataforma que iba a liberar a los músicos los ha proletarizado.
YouTube presenta dinámicas idénticas. El sueño del creador independiente que construye audiencia con esfuerzo y talento existe, pero es estadísticamente irrelevante. Lo que domina son canales corporativos, productoras profesionales, operaciones con capital y equipos. El youtuber individual que prospera es la excepción que confirma la regla, amplificada precisamente porque su excepcionalidad sirve para mantener viva la ilusión de que cualquiera puede lograrlo.
En Substack, los periodistas estrella —aquellos que ya tenían nombre, audiencia, reputación— han podido monetizar su marca personal con éxito considerable. Para el resto, la newsletter gratuita que nadie lee es la norma. La liberación del periodista resultó ser la liberación de unos pocos periodistas privilegiados a costa de la precarización de todos los demás.
¿Qué ha ocurrido? Las plataformas digitales no eliminaron a los intermediarios; los sustituyeron por intermediarios nuevos, más opacos y más poderosos. Antes había discográficas, productoras, editores. Ahora hay algoritmos de recomendación, políticas de monetización cambiantes, términos de servicio unilaterales. El antiguo gatekeeper al menos era humano y negociable. El nuevo es código y no responde ante nadie.
Además, las plataformas capturaron la mayor parte del valor generado. Spotify no paga mal a los artistas porque no gane dinero; paga mal porque puede. El modelo de negocio depende de que el contenido sea abundante y barato. Si los músicos ganaran lo justo, el modelo no funcionaría. La «democratización» del acceso fue la otra cara de la devaluación del trabajo creativo.
Lo que estas plataformas democratizaron de verdad fue la posibilidad de participar, no la de prosperar. Cualquiera puede subir una canción a Spotify; casi nadie puede vivir de ello. Cualquiera puede abrir un canal de YouTube; casi nadie puede convertirlo en carrera. La barrera de entrada desapareció; la barrera de sostenibilidad se hizo más alta que nunca.
Y mientras tanto, las viejas estructuras que estas plataformas supuestamente venían a destruir se han adaptado y fortalecido. Las discográficas controlan Spotify a través de acuerdos de catálogo que les dan poder de negociación que ningún artista individual tiene. Los medios tradicionales dominan YouTube a través de canales corporativos. Las editoriales han comprado newsletters exitosas en Substack. El poder se reconcentró; solo cambió de forma.
La narrativa de la democratización sirvió para algo muy concreto: legitimar la transferencia de valor de los creadores a las plataformas. Si cualquiera puede triunfar, entonces el fracaso es responsabilidad individual. Si la barrera de entrada es cero, entonces nadie puede quejarse de las condiciones. La promesa meritocrática funciona como coartada ideológica: no es que el sistema sea injusto; es que no te esforzaste lo suficiente.
¿Hay alternativas? Las hay, pero son minoritarias y frágiles. Plataformas cooperativas propiedad de los creadores. Modelos de suscripción directa que eliminan intermediarios. Comunidades de pago con relación directa entre artista y audiencia. Funcionan para algunos nichos, pero no compiten con el alcance y el poder de red de las grandes plataformas. El monopolio atrae al monopolio; el éxodo es caro.
Lo que hemos aprendido en estos quince años es que la tecnología no redistribuye poder por sí misma. Puede hacerlo, si está diseñada con ese propósito y gobernada democráticamente. Pero dejada a la lógica del mercado, la tecnología reproduce y amplifica las desigualdades existentes. La democratización sin democracia es solo marketing.
Las plataformas que prometieron liberar a los creadores los han convertido en proletariado cultural: productores de contenido perpetuo, compitiendo con millones de otros por las migajas de un sistema diseñado para beneficiar a quienes lo controlan. La revolución llegó, pero era la de otros.

