Hay barrios en Lisboa donde ya no vive nadie de Lisboa. Hay calles en Barcelona donde el catalán ha desaparecido de los carteles. Hay plazas en Praga, canales en Venecia, mercados en Marrakech donde el único idioma que se escucha es el de los visitantes, y el único propósito de cada establecimiento es atenderlos. Son lugares que han dejado de ser lugares para convertirse en decorados instagrameables.
El fenómeno tiene nombre técnico —turistificación, gentrificación turística—, pero quizás la descripción más precisa sea más simple: hay ciudades que están siendo devoradas por su propia imagen.
El proceso es conocido. Un barrio tiene «autenticidad»: arquitectura interesante, vida local, cultura específica. Los viajeros lo descubren. Los viajeros lo fotografían. Las fotografías circulan en redes sociales, generando más viajeros, que generan más fotografías. El algoritmo de Instagram premia las imágenes más llamativas; los lugares más fotogénicos reciben más atención; la atención atrae inversión; la inversión transforma el barrio para hacerlo más fotogénico aún. El ciclo se retroalimenta hasta que no queda nada del original.
Lo que se pierde primero es el tejido social. Los apartamentos se convierten en alquileres turísticos porque Airbnb paga más que cualquier inquilino local. Los vecinos de toda la vida no pueden competir con turistas que rotan cada tres noches. Se van los ancianos, las familias, las tiendas de barrio, los oficios tradicionales. En su lugar aparecen tiendas de souvenirs, bruncherías idénticas en cualquier ciudad del mundo, experiencias «auténticas» diseñadas por emprendedores que llegaron ayer.
Luego se pierde la función. El mercado que vendía fruta a los vecinos ahora vende jamón a precio de joyería a turistas que no van a cocinarlo. El bar donde los locales tomaban café ahora es terraza premium con carta en inglés. Los espacios que servían a una comunidad ahora sirven a un flujo. La ciudad deja de ser hábitat para convertirse en parque temático.
Y finalmente se pierde la identidad misma. Porque la «autenticidad» que se comercializa es una versión congelada, simplificada, de algo que solo existía mientras no se comercializaba. El flamenco de tablao turístico no es el flamenco que cantaban los gitanos de Triana. El riad convertido en boutique hotel no conserva nada del hogar marroquí tradicional excepto la estética. Se vende la cáscara de lo que fue cuando lo que fue ya no existe.
Instagram y sus clones han acelerado brutalmente este proceso. La imagen viralizable se ha convertido en el principal criterio de valoración de un lugar. No importa cómo se vive allí, importa cómo se fotografía. Los propios gobiernos locales diseñan ya espacios para ser instagrameados: murales coloridos, escaleras pintadas, rincones con vistas calculadas. La ciudad como set de fotografía, planificada para el timeline.
El turista contemporáneo no es ya exactamente un viajero. Es un recolector de imágenes, alguien que necesita documentar su presencia en lugares canonizados para validar su propia experiencia. No vino a ver Venecia; vino a fotografiarse en Venecia. No quiere conocer la cultura local; quiere background para su contenido. El viaje se ha subordinado al registro del viaje.
Y aquí está la paradoja devastadora: cuanto más gente visita un lugar buscando autenticidad, menos auténtico se vuelve el lugar. Es la versión turística del principio de incertidumbre: la observación altera lo observado. Pero en este caso la observación no solo altera; destruye. Cada visitante que busca el barrio «real» contribuye a que deje de serlo.
¿Quién se beneficia? No los habitantes originales, desplazados a periferias sin encanto. No los propios turistas, que obtienen versiones degradadas de lo que vinieron a buscar. Se benefician las plataformas que intermedian —Airbnb, Booking, Instagram—, los fondos de inversión que compran edificios, las aerolíneas low cost que transportan flujos. El turismo masivo es una forma de extractivismo: extrae valor de los lugares hasta agotarlos, y entonces busca lugares nuevos.
Algunas ciudades intentan resistir. Ámsterdam limita los alquileres turísticos. Venecia estudia tasas de entrada. Barcelona ha prohibido nuevas licencias de pisos turísticos. Son medidas insuficientes contra una fuerza económica colosal, pero al menos reconocen el problema. Otras ciudades, desesperadas por ingresos, hacen exactamente lo contrario: compiten por atraer más visitantes, acelerando su propia destrucción.
La solución de fondo requeriría repensar qué entendemos por viajar. Sustituir la lógica del consumo de lugares por algo más parecido a la visita respetuosa. Aceptar que quizás algunos sitios no deberían ser accesibles para todos todo el tiempo. Entender que la fotografía de un lugar no equivale a conocerlo, y que conocerlo requiere tiempo que el turismo moderno no está diseñado para permitir.
Mientras tanto, las ciudades más bellas del mundo siguen convirtiéndose en sus propias réplicas. Museos de sí mismas donde lo único auténtico es la ausencia de autenticidad.

