Pocas biografías del Siglo de Oro condensan con tanta intensidad la dialéctica entre el pecado y la redención como la de Miguel Mañara (1627-1679). Caballero de la Orden de Calatrava, libertino de leyenda (tanto que inspiró versiones del mito de Don Juan), Mañara experimentó una conversión radical que lo llevó a consagrar su fortuna y sus últimos años a la Hermandad de la Santa Caridad, dedicada al auxilio de los más desfavorecidos. Su lápida, que todavía puede leerse en el Hospital, resume con la severidad del catolicismo barroco la magnitud de su arrepentimiento. Pero su legado más perdurable no fueron las buenas obras asistenciales, sino el extraordinario programa iconográfico que ideó para la iglesia de la Hermandad, un conjunto artístico que movilizó a los tres genios del Barroco sevillano y que ahora, por primera vez en su historia, puede contemplarse fuera de su emplazamiento original.
Arte y Misericordia. La Santa Caridad de Sevilla, la exposición que el Museo de Bellas Artes de Sevilla presenta hasta junio de 2026, nace de una circunstancia práctica (la rehabilitación del Hospital de la Santa Caridad y de la Iglesia del Señor San Jorge) que se ha convertido en una oportunidad cultural extraordinaria. La Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, en colaboración con la propia Hermandad, ha reunido diecisiete piezas (diez pinturas y siete esculturas) de Bartolomé Esteban Murillo, Juan de Valdés Leal, Pedro Roldán y Pedro Duque Cornejo en las salas de exposiciones temporales del museo. El resultado es una muestra que funciona simultáneamente como lección de historia del arte, tratado de teología visual y experiencia estética de primer orden.
La exposición se articula en tres ámbitos que respetan, en la medida de lo posible, el discurso concebido por Mañara para las obras en su ubicación original. El primer núcleo está dedicado a Murillo, cuyas composiciones para la Santa Caridad constituyen algunas de las realizaciones más ambiciosas de su madurez. La multiplicación de los panes y los peces y San Juan de Dios transportando a un enfermo ilustran dos de las obras de misericordia que vertebraban la misión de la Hermandad: dar de comer al hambriento y atender al enfermo. Contemplar estas telas en el contexto neutro del museo, despojadas del marco arquitectónico para el que fueron concebidas, permite apreciar detalles que la penumbra de la iglesia habitualmente oculta: la delicadeza con que Murillo modela los rostros de los menesterosos, la ternura radical con que dignifica a quienes la sociedad de su tiempo consideraba desechos. Hay en estas obras una compasión que trasciende lo devocional para alcanzar una dimensión profundamente humanista.
Mención aparte merece Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos, pieza en la que Murillo despliega una maestría compositiva que pocos de sus contemporáneos europeos podían igualar. La santa, ataviada con ropajes suntuosos que contrastan con la miseria de los enfermos que atiende, se inclina sobre un niño con una expresión de humildad serena que convierte el acto de curar en un gesto casi sacramental. El claroscuro, más sutil que el de Caravaggio pero igualmente efectivo, guía la mirada del espectador hacia las manos de la santa, hacia ese punto de contacto entre la abundancia y la penuria que constituye el corazón del mensaje de Mañara.
Si Murillo representa en esta exposición la vertiente luminosa de la misericordia, Valdés Leal encarna su reverso sombrío. Sus contribuciones al programa de la Santa Caridad son, con toda probabilidad, las pinturas más perturbadoras del Barroco español. Concebidas como memento mori implacables, estas obras recuerdan al espectador que toda gloria terrenal es efímera, que la muerte iguala al poderoso y al mendigo, y que únicamente la caridad sobrevive a la putrefacción de la carne. La tradición recoge que el propio Murillo, al contemplar los cuadros de Valdés Leal en la iglesia, comentó que había que «taparse las narices» para mirarlos, tan vívida era su representación de la descomposición y la vanidad. Verlos ahora en las paredes blancas del museo, bajo una iluminación uniforme que no permite refugiarse en las sombras, amplifica su impacto hasta lo insostenible.
El tercer ámbito completa el recorrido con las esculturas de Pedro Roldán y Pedro Duque Cornejo, figuras de una expresividad teatral que el visitante puede ahora contemplar con una cercanía imposible en la iglesia, donde ocupaban nichos elevados y retablos de difícil acceso. La talla policromada, esa especialidad del Barroco andaluz que combina la pericia del escultor con la sensibilidad del pintor, alcanza en estas piezas una intensidad dramática que explica por qué la imaginería sevillana sigue conmoviendo cuatro siglos después de su creación.
Lo verdaderamente extraordinario de esta exposición reside en que permite reconstruir el proyecto intelectual de Miguel Mañara, un hombre que entendió el arte no como ornamento sino como instrumento de transformación moral. Cada obra de la Santa Caridad tenía una función precisa dentro de un programa catequético diseñado para conmover al espectador, arrancarlo de su indiferencia y empujarlo hacia la acción caritativa. Los cuadros de Murillo mostraban el ejemplo a seguir, los de Valdés Leal recordaban el castigo de la inacción, y las esculturas proporcionaban figuras de devoción que convertían el templo en un teatro de la salvación. Desmontar ese conjunto y trasladarlo al museo conlleva inevitablemente una pérdida de contexto, si bien la ganancia en visibilidad y accesibilidad compensa con creces lo que se sacrifica en coherencia litúrgica.
Arte y Misericordia es una de esas exposiciones que solo pueden producirse una vez, puesto que la confluencia de circunstancias que la ha hecho posible (la restauración del edificio, la disponibilidad simultánea de todas las piezas, la voluntad institucional de mostrarlas juntas) resulta difícilmente repetible. Quien visite el Museo de Bellas Artes de Sevilla antes de junio tendrá el privilegio de contemplar una de las cumbres del Barroco europeo con una proximidad y una claridad que ni siquiera la propia iglesia de la Santa Caridad, una vez restaurada, podrá ofrecer. Mañara, aquel pecador arrepentido que convirtió su culpa en arte, seguiría probablemente satisfecho: sus imágenes continúan cumpliendo, tres siglos y medio después, la función para la que fueron creadas. Conmover hasta la acción.
Arte y Misericordia. La Santa Caridad de Sevilla Museo de Bellas Artes de Sevilla Hasta junio de 2026 Organiza: Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía y Hermandad de la Santa Caridad

