Alberto Greco en el Reina Sofía: el hombre que declaró la vida obra de arte

Alberto Greco en el Reina Sofía: el hombre que declaró la vida obra de arte

En algún momento de 1955, un joven argentino hambriento y desorientado recorría los baños públicos de París escribiendo en las paredes una inscripción que resultaba a la vez provocación, confesión y profecía: «Greco puto». Años más tarde, aquel mismo joven reivindicaría aquellas pintadas clandestinas como antecedente del arte vivo, su contribución más radical a la historia del arte del siglo XX. Alberto Greco. Viva el arte vivo, la retrospectiva que el Museo Reina Sofía presenta hasta el 8 de junio de 2026 en la Planta 0 del Edificio Sabatini, reconstruye con más de 200 piezas la trayectoria de un creador cuya vida fue tan breve como incandescente, un hombre que en apenas 34 años de existencia logró anticipar el arte conceptual, la performance y buena parte de las estrategias de autopromoción que hoy consideramos consustanciales al artista contemporáneo.

El comisario Fernando Davis ha articulado un recorrido en ocho salas que sigue los «tumbos, arrebatos y contramarchas» de una biografía que resulta inseparable de la obra. Alberto Greco (Buenos Aires, 1931, Barcelona, 1965) fue pintor informalista, poeta, actor ocasional, flâneur queer, animador de tómbolas y exposiciones rodantes, vendedor de empanadas fallido en Montmartre, figurante de una película de Hollywood y, sobre todo, el inventor de una práctica artística que borraba deliberadamente la frontera entre creación y existencia. Su trayectoria, como señala Davis, se describe mejor como «un derrotero torcido, más próximo al desvío y el traspié que a la estabilidad de un programa estético direccionado».

El recorrido arranca con los primeros escritos de Greco, textos de finales de los años cuarenta como Fiesta o Ni tonto ni holgazán, donde ya se percibe una sensibilidad por lo marginal y una estética deliberadamente excéntrica que anticipa toda su producción posterior. Tras una etapa informalista en Buenos Aires, marcada por la relación con el movimiento de Arte Destructivo y por grandes lienzos matéricos que dialogan con el tachismo europeo, Greco viaja a París en 1954. Allí sobrevive como puede: vende dibujos en bares, pinta murales en los cabarés de Montmartre, ejerce la prostitución y la clarividencia, visita los talleres de Léger y Picasso, asiste a clases en el Louvre. Esa mezcla de alta cultura y supervivencia callejera, de ambición intelectual y precariedad material, define una personalidad que el museo ha sabido captar con notable precisión documental.

Pero es en 1962 cuando Greco da el salto que lo separa de cualquier clasificación convencional. Ese año proclama la fundación del arte vivo, una práctica que su propio manifiesto, redactado en 1963 y empapelado por las calles de Génova, definía con una claridad meridiana: «El arte vivo es contemplación y comunicación directa. Debemos meternos en contacto directo con los elementos vivos de nuestra realidad. Movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares y situaciones». A partir de ese momento, Greco se dedicó a señalar, rodear con tiza y firmar personas, objetos y situaciones cotidianas para declararlos obras de arte. Firmó vendedores de lotería y de pipas, declaró ciudades enteras (Buenos Aires, Piedralaves) como creaciones artísticas, y escribió con tiza la proclama «Viva el arte vivo» por los muros de Roma.

La etapa española de Greco ocupa un lugar central en la exposición, dado que fue en Madrid donde desarrolló las acciones más memorables de su carrera. En 1963 organizó un «momento vivo-dito» que consistió en un viaje colectivo en metro desde la estación de Sol hasta Lavapiés, culminando en una corrala donde se quemó una enorme tela pintada de forma colectiva ante el público. En la Galería Juana Mordó presentó sus «objets vivants», exhibiendo a personas de la calle (vendedores, transeúntes) como si fueran esculturas, en un gesto que anticipaba las prácticas del arte relacional con tres décadas de antelación. Su colaboración con figuras de la vanguardia española como Manolo Millares o Antonio Saura generó obras de arte efímero que la exposición documenta fotográficamente con material de una calidad que el director Manuel Segade ha calificado como «difícilmente repetible».

Uno de los aspectos más valiosos de esta retrospectiva es su negativa a domesticar al personaje. Greco no fue un artista amable ni fácilmente asimilable por las instituciones de su tiempo (ni del nuestro). Su condición de hombre queer en la Argentina peronista y la España franquista atraviesa toda su producción, desde aquellas inscripciones en los baños de París hasta las fotografías en las que posa con una teatralidad que desafía las convenciones de género de su época. La exposición aborda esta dimensión sin moralismos retrospectivos ni apropiaciones identitarias, dejando que sea la propia obra la que hable de una vida vivida en los márgenes por voluntad y por necesidad.

El recorrido concluye con el periodo final, cuando Greco escribe su novela Besos brujos y se instala en una Barcelona que sería su último destino. Murió en octubre de 1965, a los 34 años, en circunstancias que la exposición presenta con la sobriedad que merecen, sin convertir la tragedia en espectáculo pero sin eludirla tampoco. El comisario ha preferido cerrar con las últimas pinturas y escritos, permitiendo que el visitante perciba cómo la intensidad creativa se mantuvo intacta hasta el final, como si Greco hubiera sabido que el tiempo apremiaba y cada gesto contaba.

Viva el arte vivo confirma lo que los especialistas llevan décadas sosteniendo: que Alberto Greco fue un precursor fundamental del arte conceptual y de la performance contemporánea, un creador cuya influencia resulta rastreable en prácticas que van desde Yoko Ono hasta Tino Sehgal. Que el Reina Sofía le dedique una retrospectiva de esta envergadura supone un acto de justicia historiográfica que sitúa por fin al artista argentino en el lugar que le corresponde: no como una curiosidad excéntrica de la vanguardia latinoamericana, sino como una de las figuras más radicales y originales del arte internacional de los años sesenta. La vida, proclamaba Greco, es la obra. Esta exposición demuestra que tenía razón.

Alberto Greco. Viva el arte vivo Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Edificio Sabatini, Planta 0) Hasta el 8 de junio de 2026 Comisariado: Fernando Davis