Hay artistas que pintan cuadros y artistas que construyen cosmogonías. Anselm Kiefer pertenece a esta segunda estirpe, la de quienes entienden el lienzo como un campo de batalla donde la historia, la mitología, la poesía y el paisaje libran un combate perpetuo cuyo resultado nunca es la victoria de ninguna de las partes, sino una tensión irresolta que el espectador debe habitar. La primera exposición del artista alemán en Valencia, inaugurada en el Centro de Arte Hortensia Herrero el 29 de abril de 2026, no es una muestra más en el calendario cultural de la ciudad: es un acontecimiento que transforma la percepción de lo que un museo valenciano puede acoger y, de paso, confirma al CAHH como una institución con ambiciones de alcance europeo.
La exposición ocupa seis galerías del Palacio de Valeriola, cuyas salas han sido parcialmente desmontadas para dar cabida a una producción concebida en estrecha colaboración con el propio Kiefer. Este detalle resulta capital, puesto que no estamos ante un préstamo convencional de obras que viajan de museo en museo, sino ante una muestra diseñada específicamente para este espacio, fruto de cinco años de negociaciones y de las visitas que la coleccionista Hortensia Herrero realizó a los estudios del artista en Barjac y París. El comisario Javier Molins, asesor artístico del centro, ha articulado un discurso expositivo centrado en el paisaje como eje vertebrador, una decisión coherente tanto con las piezas de Kiefer que ya formaban parte de la colección permanente como con la trayectoria de un creador para quien la tierra, el cielo y la materia orgánica constituyen un vocabulario tan elocuente como la palabra escrita.
Nacido en 1945 en Donaueschingen, apenas dos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Kiefer ha dedicado su carrera a explorar las heridas abiertas de la historia a través de una práctica artística que desborda cualquier categoría convencional. Estudió Derecho, Literatura y Lingüística antes de ingresar en la Academia de Bellas Artes de Karlsruhe, y más tarde se formó en Düsseldorf como alumno de Joseph Beuys, cuya influencia en su concepción del arte como acto ritual y transformador resulta innegable. Desde que representó a Alemania Occidental en la Bienal de Venecia de 1980 con una serie de obras que confrontaban sin ambages el pasado nazi, su trayectoria ha sido una sucesión de hitos: del Metropolitan de Nueva York al Guggenheim de Bilbao, del Centre Pompidou al Hermitage de San Petersburgo, pasando por el encargo que Emmanuel Macron le confió en 2020 para crear una instalación permanente en el Panteón de París. Que Valencia se sume a esta lista constituye un logro que conviene no subestimar.
La pieza central de la exposición es, sin duda, Danaë, una obra de más de trece metros de ancho que solo se había exhibido previamente en Nueva York en 2022 y que llega a Europa por primera vez. En ella, Kiefer recrea el interior del aeropuerto de Tempelhof en Berlín (ese coloso arquitectónico del nacionalsocialismo reconvertido en símbolo de la reunificación y la acogida de refugiados) y lo envuelve en una lluvia dorada que remite al mito griego de Dánae, la princesa encerrada en una torre a quien Zeus fecundó transformándose en oro líquido. La superposición de referencias es característica del método de Kiefer: lo que el espectador contempla no es una ilustración del mito clásico ni una estampa arquitectónica, sino una fusión alquímica donde la historia del siglo XX y la mitología antigua se funden en una imagen de una belleza terrible. El hangar de Tempelhof, con sus líneas de fuga convergentes y su monumentalidad opresiva, adquiere bajo la lluvia dorada una dimensión sacrificial que obliga a repensar tanto el mito como la historia.
El propio Kiefer ha definido su relación con la poesía en términos que iluminan toda la exposición: «Yo pienso en imágenes. Los poemas me ayudan. Son como boyas en el mar. Nado hacia ellas, de una a la otra; entre ellas, sin ellas, me perdería». Esta confesión explica la presencia constante de referencias literarias en su obra, desde Paul Celan hasta Ingeborg Bachmann, desde los mitos nórdicos hasta la Cábala judía. Los paisajes que pueblan las salas del Palacio de Valeriola no son representaciones topográficas sino territorios simbólicos donde la materia (plomo, ceniza, paja, tierra, flores secas) actúa como depositaria de una memoria que excede lo individual para adentrarse en lo colectivo.
El diálogo entre las obras de Kiefer y la arquitectura del CAHH merece atención específica, dado que el Palacio de Valeriola, con sus capas superpuestas de historia (restos romanos, muros medievales, reformas barrocas, intervención contemporánea), ofrece un marco que amplifica el discurso del artista sobre la sedimentación del tiempo. Pocas cosas resultan tan coherentes como contemplar a Kiefer en un espacio donde la arqueología y el arte contemporáneo conviven sin disimulos, ya que sus propias pinturas funcionan como excavaciones: capas de materia acumulada, erosionada, quemada y reconstruida que obligan al ojo a penetrar en profundidades donde lo visible y lo oculto intercambian sus posiciones.
Que la relación entre Hortensia Herrero y Kiefer se remonte a casi una década (la adquisición de Las flores del mal en la Royal Academy de Londres en 2016 fue el punto de partida) confiere a esta exposición un carácter orgánico, alejado de las operaciones de prestigio que a veces caracterizan las programaciones de las fundaciones privadas. Las tres obras del artista que ya formaban parte de la colección permanente del CAHH funcionan ahora como prólogo de un recorrido que las completa y las resignifica, de manera que el visitante habitual del centro descubrirá piezas que ya conocía bajo una luz radicalmente nueva.
Anselm Kiefer en el CAHH no es solo la exposición más ambiciosa que ha acogido este centro desde su apertura hace dos años: es la confirmación de que Valencia puede competir con cualquier capital europea en la programación de arte contemporáneo de primer nivel. Quien recorra estas seis galerías saldrá con la certeza de haber estado en presencia de uno de los grandes creadores vivos, un artista que ha convertido las ruinas del siglo XX en materia de una belleza que no consuela, sino que interroga. Y eso, en tiempos de espectáculo vacío, tiene un valor incalculable.
Anselm Kiefer Centro de Arte Hortensia Herrero (Palacio de Valeriola) Desde el 29 de abril hasta octubre de 2026 Comisariado: Javier Molins Organiza: Fundación Hortensia Herrero

