Que el guardián se exponga lo menos posible a la vista de los presos: todo su poder sobre ellos proviene de su invisibilidad. La cita, con la que Miran Bozovic introduce su edición del Panóptico de Jeremy Bentham (1995), preside la entrada a Guardias y Guardianes, una de las seis secciones de Lengua Trópica, la exposición individual de Dagoberto Rodríguez que puede visitarse en la Fundación Cajasol en Sevilla hasta el 31 de mayo. Un espacio donde el artista cubano confronta al visitante con una pregunta que ya no pertenece sólo a la filosofía política, sino a la experiencia cotidiana de cualquier ciudadano con un teléfono en el bolsillo: ¿quién nos observa y desde dónde?
La vigilancia masiva es algo hoy totalmente asumido. Esa es, precisamente, la premisa de la que parte Rodríguez en esta sección, cuyo recorrido traza la línea que conecta la cámara de seguridad más rudimentaria con los sofisticados sistemas de rastreo de datos que gobiernos y entidades emplean para el control de personas y grupos demográficos. Lo que el sociólogo y teórico de la comunicación Marshall McLuhan denominó «sistemas invisibles» o «ambientes invisibles» (en referencia a las nuevas tecnologías y los medios de comunicación que se han vuelto omnipresentes sin que reparemos en su presencia) encuentra en esta sala una traducción plástica tan lúcida como perturbadora, puesto que enlaza con la teoría del panóptico que Michel Foucault desarrollaría a partir de la arquitectura carcelaria de Bentham para explicar los mecanismos de poder en las sociedades modernas.
El panóptico digital
La aportación más incisiva de Rodríguez consiste en trasladar esa lógica del panóptico al territorio contemporáneo de las pantallas. En el mundo digital, tanto como en la prisión que imaginó Bentham, la conciencia espacial queda distorsionada: el sujeto no sabe si está siendo observado, de modo que interioriza la vigilancia y ajusta su comportamiento en consecuencia. La diferencia, señala implícitamente la obra, radica en que hoy el vigilado no sólo acepta el control, sino que lo alimenta de forma voluntaria. Las redes sociales han convertido la autoexposición en moneda de cambio social, lo que genera una paradoja que el artista explora con su habitual mezcla de ironía y rigor conceptual: vivimos en la era de la autovigilancia, y el narcisismo no es un efecto secundario del sistema, sino su combustible.
La invisibilidad como forma de poder
«La invisibilidad es poder.» Esa frase, que articula conceptualmente todo el espacio, funciona como eje a partir del cual Rodríguez despliega composiciones que abordan la cuestión desde ángulos complementarios. La autoridad física intimidatoria, con su aparato de uniformes y gestos diseñados para proyectar control, convive en la sala con piezas que reflexionan sobre la administración de la idea de guerra (no la guerra misma, sino su relato y su instrumentalización), la dimensión de los campos de refugiados como espacios donde el poder se ejerce precisamente sobre quienes carecen de visibilidad, y la espectacularidad de las imágenes de huracanes como fenómenos que transforman radicalmente el paisaje y revelan la fragilidad de las estructuras que creíamos permanentes.
El conjunto configura un aparato crítico donde cada pieza opera como un tropo (recurso central de toda la exposición, que consiste en emplear un objeto o una imagen en un sentido distinto del que le corresponde, pero conectado con él). Un chaleco antibalas no es sólo un chaleco antibalas. Una torre de vigilancia no es sólo una torre de vigilancia. En manos de Rodríguez, estos elementos conservan su naturaleza funcional al tiempo que se cargan de significados políticos y sociales que el espectador descifra con una mezcla de reconocimiento y desasosiego.
Un artista formado en la vigilancia
Conviene recordar que Dagoberto Rodríguez (Caibarién, Cuba, 1969) se formó artísticamente en un ecosistema donde la vigilancia no era una metáfora académica, sino una experiencia diaria. Cuba, con su entramado de comités de vigilancia, control de movimientos y restricción informativa, constituye el laboratorio involuntario en el que el artista desarrolló el ingenio como mecanismo de resistencia, un recurso que pronto se transformó en un categórico lenguaje visual. Cofundador del colectivo Los Carpinteros, cuya mezcla de arquitectura, diseño y escultura con un fuerte componente de ironía social revolucionó la escena artística latinoamericana e internacional en los años noventa, Rodríguez trabaja actualmente desde sus estudios en Madrid y La Habana, profundizando en cuestiones como la administración del poder, los conflictos armados y problemáticas humanitarias como el desplazamiento forzado de poblaciones.
Su obra integra las colecciones de instituciones como el MoMA, la Tate Modern, el Centre Pompidou, el Guggenheim de Nueva York y el Museo Reina Sofía, lo que sitúa Lengua Trópica como una oportunidad singular de contemplar en Sevilla el trabajo de un creador cuya práctica conecta con los debates más vigentes de nuestro tiempo.
De lo carcelario a lo cotidiano: por qué este espacio interpela a cualquier visitante
Lo que hace que Guardias y Guardianes trascienda el ámbito del arte contemporáneo y dialogue con preocupaciones que cualquier ciudadano reconoce como propias es su capacidad para desvelar lo que damos por sentado. La normalización de la vigilancia no se produce mediante un acto violento ni una imposición explícita; se infiltra en la rutina a través de consentimientos que firmamos sin leer, cámaras que dejamos de percibir y algoritmos que anticipan nuestros deseos antes de que los formulemos. Rodríguez no ofrece respuestas ni formula denuncias panfletarias. Su método es más sutil y, por ello, más eficaz: coloca al espectador frente a los dispositivos del control despojados de su camuflaje funcional, de manera que resulte imposible volver a mirarlos con la misma indiferencia.
En ese sentido, esta sección opera como complemento natural de otro de los espacios de Lengua Trópica, la instalación Visión de Túnel , donde un inmenso corredor construido con palos, piezas de Lego y colores intensos funciona como metáfora de una realidad distópica en la que el enfoque lineal aniquila toda periferia. Si Guardias y Guardianes examina quién nos observa, Visión de Túnel plantea qué dejamos de ver cuando sólo miramos hacia delante. Ambas piezas conversan entre sí con una coherencia que revela hasta qué punto la exposición funciona como un organismo interconectado, no como una sucesión de salas independientes.
Lengua Trópica, de Dagoberto Rodríguez. Comisariada por Reyes Abad Flores y producida por la Fundación Cajasol junto a VF Art Projects. Hasta el 31 de mayo. Horario: lunes a sábados, de 11.00 a 14.00 h y de 18.00 a 21.00 h. Domingos y festivos cerrado. Fundación Cajasol en Sevilla. C/ Álvarez Quintero. Entrada libre hasta completar aforo.

