Existe una promesa implícita en cada plataforma digital que aloja creadores: si tu contenido es bueno, será recompensado. Spotify te descubrirá, YouTube te recomendará, TikTok te viralizará. El talento encontrará su audiencia. El mercado, representado ahora por el algoritmo, es justo, hay meritocracia. Pero es una estafa.
Lo que los algoritmos premian no es la calidad, ni el talento, ni siquiera el valor de entretenimiento. Lo que premian es la optimización para los propios algoritmos. Son sistemas diseñados para maximizar tiempo de permanencia en plataforma, y eso no tiene casi nada que ver con producir algo bueno. Tiene que ver con producir algo que funcione, que es una cosa completamente distinta.
Tomemos Spotify como ejemplo. El algoritmo favorece canciones que enganchan en los primeros treinta segundos, porque a partir de ese punto la reproducción cuenta. Esto ha transformado la estructura misma de la música pop: intros más cortos, estribillos antes, menos desarrollo, más inmediatez. No es que los músicos se hayan vuelto peores; es que están siendo seleccionados por su capacidad de adaptarse a las métricas, no a los oídos.
El sistema además premia la constancia sobre la calidad. Un artista que publica una canción mediocre cada dos semanas será mejor tratado por el algoritmo que uno que publica una obra maestra al año. Las playlists algorítmicas —donde ocurre gran parte del consumo musical— privilegian catálogos extensos y producción continua. El modelo de artista que dedica años a perfeccionar un álbum es incompatible con la lógica de la plataforma. La cantidad devora a la profundidad.
YouTube presenta dinámicas similares pero con sus propias perversiones. El algoritmo optimiza para tiempo de visualización, lo que favorece vídeos largos aunque el contenido no lo justifique. De ahí esos tutoriales de veinte minutos que podrían ser de tres, esas reseñas interminables con pausas dramáticas, ese padding constante. El creador no alarga porque quiera; alarga porque debe. Hacer vídeos cortos y densos es suicidio algorítmico.
TikTok llevó la lógica al extremo. Aquí la viralidad es completamente impredecible, lo que genera una economía de la lotería donde millones de creadores producen contenido esperando el golpe de suerte. Los que lo consiguen una vez rara vez lo repiten; los que lo repiten a menudo lo hacen copiando exactamente la fórmula que funcionó. El resultado es una homogeneización estética brutal: los mismos sonidos, los mismos formatos, las mismas transiciones. Originalidad castigada; imitación premiada.
Y lo más insidioso: estas plataformas presentan su selección algorítmica como meritocracia. Como si el vídeo que aparece en tu feed hubiera «ganado» limpiamente, como si la canción que suena en tu Discover Weekly fuera objetivamente la mejor opción. La opacidad del algoritmo permite esta ficción: nadie sabe exactamente cómo decide, pero todos asumimos que decide bien. Es la mano invisible de Adam Smith pasada por Silicon Valley: un mercado que se autorregula, solo que ahora el mercado es código y el código lo escribe una empresa privada con sus propios intereses.
¿Cuáles son esos intereses? No la cultura, desde luego. Las plataformas quieren retención: que no cierres la app, que sigas scrolleando, que vuelvas mañana. El contenido que logra esto no es necesariamente el mejor; es el más adictivo, el más fácil de consumir, el que genera menos fricción. El algoritmo selecciona por enganche, no por valor. Y con el tiempo, esta selección moldea lo que se produce: los creadores aprenden qué funciona y hacen más de eso. La oferta se adapta a la demanda algorítmica hasta que ambas son indistinguibles.
El resultado es un darwinismo cultural donde sobrevive no el más apto sino el más adaptado a condiciones artificiales. Músicos que hacen música para Spotify, no para oídos. Youtubers que hacen vídeos para el algoritmo, no para espectadores. Tiktokers que hacen contenido para métricas, no para personas. La plataforma se ha convertido en el mensaje.
¿Hay escape? Algunos creadores lo intentan: plataformas alternativas, suscripciones directas, comunidades de pago que eliminan la intermediación algorítmica. Funcionan para algunos, sobre todo para quienes ya tienen audiencia construida. Para el resto, la opción es adaptarse o desaparecer. El algoritmo no perdona la disidencia.
Lo que hemos perdido es difícil de cuantificar pero fácil de intuir: todo aquello que no optimiza bien. La música experimental. El vídeo-ensayo sin gancho. El creador que necesita tiempo para madurar. El arte que solo revela su valor tras múltiples exposiciones. Cosas que existían cuando la distribución era humana y que el algoritmo ha declarado extintas.
La meritocracia del algoritmo es, como casi todas las meritocracias, una coartada para la desigualdad sistémica. Y como casi todas las coartadas, funciona mejor cuanto menos la examinamos.
