El maestro de todos

El Museo del Prado reivindica a Anton Rafael Mengs

Hay artistas que cambian la historia del arte y artistas que definen el gusto de su tiempo. Anton Rafael Mengs (1728-1779) perteneció a la segunda categoría, y quizá por eso su nombre resulta hoy menos familiar que el de contemporáneos como Goya o Tiepolo. La gran retrospectiva que el Museo del Prado le dedica hasta el 1 de marzo de 2026, patrocinada por la Fundación BBVA, pretende corregir ese olvido relativo y devolver al pintor alemán el lugar central que ocupó en la Europa ilustrada.

La exposición reúne 159 obras —pinturas, dibujos y artes decorativas— procedentes de museos internacionales, instituciones españolas y colecciones privadas. El conjunto permite recorrer la trayectoria completa de un artista que nació en Bohemia, se formó en Roma, triunfó en Dresde y Madrid, y se convirtió en el teórico más influyente del Neoclasicismo antes de que el término existiera.

Mengs llegó a España en 1761, llamado por Carlos III para dirigir la decoración del Palacio Real. Su influencia fue inmediata y duradera: no solo ejecutó algunas de las obras más importantes del reinado, sino que reformó la enseñanza artística, impulsó la creación de la Real Academia de Bellas Artes y estableció los criterios de gusto que dominarían la corte durante décadas. Goya, que llegaría a pintor de cámara años después, se formó en un ambiente marcado por las ideas de Mengs.

La exposición del Prado evita la hagiografía y presenta a un artista complejo, a veces contradictorio. Sus retratos de la familia real combinan la idealización que exigía el género con una atención al detalle psicológico que los eleva por encima de la mera adulación cortesana. Sus composiciones religiosas y mitológicas revelan un dominio técnico extraordinario, pero también cierta frialdad académica que el Romanticismo posterior convertiría en motivo de desprecio.

El gran mérito de esta retrospectiva es contextualizar la obra de Mengs en su momento histórico. El siglo XVIII fue la era de las Luces, de la razón, del orden. Mengs encarnó esos valores en pintura: claridad compositiva, dibujo preciso, color contenido, expresión mesurada. Su ideal de belleza, basado en el estudio de la Antigüedad clásica y del Renacimiento italiano, puede parecernos hoy frío o convencional, pero en su tiempo representó una revolución contra los excesos del Barroco tardío.

El Prado, que conserva algunas de las obras maestras de Mengs, era el museo natural para esta exposición. Contemplar sus cuadros en las salas donde cuelgan permanentemente Velázquez, Goya y Tiziano permite entender mejor su ambición y sus límites. Mengs quiso ser el Apeles de su tiempo, el pintor perfecto. No lo logró —nadie lo logra—, pero su intento merece más atención de la que habitualmente recibe.